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25 Agosto, 2023

"Había probado la vida y ya nunca más iba a decir que la vida era un valle de lágrimas o un carnaval o una caja de bombones; la vida era la vida y yo me dirigía a encontrarla; pero ya sabía que nos íbamos a romper el corazón en miles de pedazos y en el nombre de la vida."

Estas inspiradoras palabras escritas por el poeta mexicano Omar Alej describen muy bien las sensaciones que abren el mundo al viajero. Porque el viaje, mientras dura -y a veces dura para siempre-, es un pequeño retazo de vida con altas concentraciones de placeres, venenos y contradicciones. Empezar a viajar es vivir, empezar a vivir es ir muriendo un poco, empezar a morir es acumular recuerdos en nuestro libro de eternidades.

En el año 1350 se fundó la ciudad de Ayutthaya y durante más de 400 años fue la segunda capital del Reino de Siam, después llamado Tailandia. De ella quedan, hoy en día, las ruinas tras su ataque y posterior incendio por el ejército birmano en el año 1767. Situada a 80 kilómetros al norte de Bangkok, es un reducto de calma asombroso para cualquier viajero dispuesto a dejarse llevar por la magia de la religión y la historia. Es muy simple: si hay ruinas es que una vez hubo vida.

Al ser tan grande -ocupa unos 15 kilómetros cuadrados- está dividida en varias zonas. Hoy les muestro mi favorita: Wat Yai Chai Mongkhon. En 1357 el rey U-Thong construyó este templo para los monjes budistas que regresaban de su adoctrinamiento en Ceilán y le dio el nombre oficial de Wat Chao Phya Thai. Años después, en 1593, para conmemorar la victoria de Rey Naresuan sobre los birmanos, se elevó la mayor chedi de Ayutthaya y el templo pasó a llamarse como ahora lo conocemos.

La chedi es una construcción en forma de campana donde se guardan las reliquias. Tengan en cuenta que todo en este lugar gira alrededor del budismo. Es su razón de ser. Esta estupa es una manera más de mostrar respeto a Buda. Tiene una altura de 62 metros y para su edificación se emplearon más de 28000 toneladas de ladrillo. Hay que dar tres vueltas a su alrededor en el sentido de las agujas del reloj antes de comenzar a rezar. Verán también los detalles de las telas amarillas que simbolizan la religión y que están presentes en todos los elementos del templo. El color naranja representa la iluminación en el budismo mientras el amarillo y el rojo son el fuego y la luz, es decir, los sentidos y el espíritu.

Igualmente están adornadas con estas telas las enormes figuras que custodian la chedi con los ojos cerrados. Estos budas sentados tienen la mano derecha descansando sobre la rodilla y los dedos apuntando hacia el suelo. La mano izquierda se apoya en el regazo, con la palma hacia arriba. Representan el momento en el que Buda se iluminó bajo el árbol de Bodhi y su posición se llama bhumisparsha, que significa tocar la tierra o llamar a la tierra como testigo. Los gestos de las manos o mudras transmiten significados espirituales y varían de una región a otra.

La entrada está presidida por un Buda reclinado que mide 7 metros de largo. Arropado por un inmenso faldón de color amarillo, su tez blanca y pura destaca todavía más si cabe. Desprende un apacible encanto. A cualquier hora se puede ver a la gente rezando ante él y depositando sus ofrendas, ya sean flores, varitas de incienso o dinero. Dicen, además, que si tocas sus pies tendrás buena suerte.

La importancia de esta ciudad fue tan grande que llegó a albergar un millón de habitantes y se convirtió en cruce comercial de todo Asia. Cuando los europeos llegaron aquí quedaron maravillados con la belleza y riqueza de sus templos y palacios. La UNESCO le dio el título de Patrimonio de la Humanidad en 1991 con objeto de preservar y cuidar esta zona devastada. En realidad Ayutthaya es una isla que está ubicada en la confluencia de los ríos Pa Sak, Lopburi y Chao Phraya, e incluso se la conoció como la Venecia de Oriente. De hecho, se puede visitar en barco haciendo una ruta circular, pero a mí me fascinó perderme entre la frondosidad de la naturaleza. Fue maravilloso poder mirar desde abajo esa grandiosidad de vívidos colores.

Pero la zona donde yo me hubiera quedado fueron los muros repletos de hermosos Budas sentados en la mencionada posición bhumisparsha. De diferentes formas, texturas y colores. No sé si lo podrán sentir en las fotos que les muestro pero a mí me invadió una paz tan inmensa que no caminaba sino que flotaba. Sus telas de color naranja y amarillo, sus ojos plácidamente cerrados como si soñaran, la delicadeza de sus manos de piedra... Todo me transportó a otra época y a otro estado mental.

Tal vez era esto de lo que hablaba mi querido Omar Alej: "la vida era la vida y yo me dirigía a encontrarla". Oía las risas de los niños que venían de excursión también a ver esa vida pero no me molestaban en absoluto. Había incluso, a lo lejos, elefantes, pero yo estaba en trance, deslizándome, diluyéndome en el lugar, levitando en la calma. Y antes de irme al encuentro de esa vida que me esperaba, deposité un jazmín blanco -una de las flores nacionales tailandesas-, como señal de que una vez estuve allí y allí morí un poco, en el regazo de uno de aquellos preciosos budas que no me miraban pero podían verme. De hecho, me veían por dentro. Lo sentía. Y sabían, mejor que yo, quién soy.

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