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06 Octubre, 2023

Si no han estado nunca en Venecia, deben ir cuanto antes. Y les voy a meter prisa por una sencilla razón: se muere. Y no se muere de una manera cualquiera, no. Venecia se muere por dos motivos: porque se está hundiendo y de éxito. Hay pocas ciudades en este mundo que estén desfalleciendo de este modo, pero el caso italiano es urgente. Además de que el nivel de turismo es insoportable, imagino las profundidades de la laguna como unos tentáculos que agarran los cimientos deteriorados de las calles y edificios e intentan ahogarlos más y más. Así que aún están a tiempo de llegar. Pero no se demoren.

Venecia es, a todas luces, bellísima. Tanto que se le perdona todo: la marea que sube y baja, el mal olor a ciertas horas, las hordas de turistas, los camareros impertinentes y esos precios que son una estafa escandalosa. Pero, sea como sea, hay que ir.

A Venecia no se le pueden rendir cuentas. Es tan malditamente bella. La ha hecho el ser humano, de acuerdo. Pero la hicimos tan excesiva, ilógica y exuberante, que somos nosotros los que estamos en deuda con ella. El hijo nos va devorando y exige cuidados imposibles. No hay dinero en este mundo para alimentarlo. Hemos osado depositar, en medio de una laguna, una ciudad que es casi una pieza de joyería. Y vamos a pagar un alto precio por ello: el precio de perderla. Se la van a tragar esas profundidades de algas y remolinos. No se engañen: es imposible salvarla. Ha sido absurdo pretender mantener tanta belleza en un lugar secuestrado por las aguas.

Esta ciudad tiene tanto para dar que uno no sabe por dónde empezar cuando llega. Es muy fácil perderse y es igual de fácil encontrarse. Pero aquí no estamos para seguir los planos. Seamos venecianos por un día. Juguemos a pasear por una Venecia casi vacía. Me parece la mejor forma de comenzar a enamorarse de esta ciudad de cuento. Ya que, por suerte, aún quedan lugares así. Espacios por los que caminar escuchando el eco de nuestros pasos con un fondo musical de violines.

Y si no me creen, síganme al barrio judío. De nombre Cannaregio, considerado el más antiguo de este tipo en el mundo, es el lugar en el que se obligaba a vivir a los judíos en los siglos XVI y XVII. Cuando se fundó alejado del centro de la ciudad en el año 1516, su objetivo era preservar al catolicismo de la influencia judía. Para ello los dejaron en la pequeña isla de la Giudecca que sólo se comunicaba con el resto del archipiélago a través de dos puertas controladas por los centinelas católicos. Únicamente se les permitía salir durante el día, con la condición de que llevaran el segno giudaico, un sombrero amarillo en el caso de los hombres o un velo amarillo para las mujeres. Al principio la población judía era de unas 700 personas, pero en un siglo crecieron hasta los 5000 habitantes. Se dedicaban principalmente a los préstamos monetarios, la medicina y la imprenta.

Fue Napoleón Bonaparte quien les dio la libertad de entrar y salir cuando quisieran en el año 1797. Para entonces la gran peste de 1630 había hecho que más de 2000 residentes huyeran para sobrevivir. Debido al crecimiento de la población y el escaso espacio que tenían para vivir, habían construido edificios de hasta siete pisos –conocidos como los rascacielos de Venecia-, rompiendo la estética de la ciudad, cuyo contraste aún se puede apreciar hoy en día. El sestiere (distrito) de Cannaregio se ubica en la zona norte del Gran Canal, dividido en el Gueto Viejo y Gueto Nuevo, y está atravesado por largos muelles.

Sus talleres artesanos y las mansiones más modestas que en el resto de la urbe, hacen de este barrio un lugar auténtico por el que pasear casi en solitario. Tiene museos, puentes, callejones, sinagogas elevadas, pasadizos y rincones más románticos y menos gastados. Por tener, tiene hasta un adorable perrito, Charlie, que se presenta a las elecciones del Sindicato de Venecia con el lema de campaña “El rostro de la honestidad. Menos impuestos y más albóndigas”. Y, por supuesto, tiene canales. Su ambiente, lejos de la furia turística, es apacible, íntimo y callado. Por eso lo hemos elegido como comienzo para nuestra historia de amor con esta maravilla de ciudad.

Sus restaurantes son sencillos, con mesas colocadas al borde de los canales, y los patos se acercan a saludar amablemente. La gente charla, toma un aperitivo y brinda, el sol se cuela entre los edificios e ilumina los pequeños talleres casi hundidos en el agua con las barcas amarradas a las escaleras. Hay iglesias escondidas entre flores, a salvo de la marea y los pocos gondoleros que pasan por aquí reman despacio cantando, más bien en un arrullo, "oh sole mio…"

Nadie debería morirse sin ver Venecia. De hecho, si sólo pudieran ir a un lugar de este mundo mientras están en él, yo me decidiría por la ciudad de los canales. Resume perfectamente el poder de la mano del hombre y la Naturaleza en compleja lucha constante. Si yo fuera ustedes, estaría comprando ya un billete de avión para ir. Antes de que llegue ese momento en el que, al encender la radio, un día cualquiera, oigan la voz acongojada de un locutor diciendo:

-Hoy ha muerto Venecia.

Y se ponga a llorar.

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